Manuel Alvarez Bravo nació el 4 de febrero de 1902 en la Ciudad de México, en una vecindad ubicada justo detrás de la Catedral Metropolitana. Perseguir imágenes se convirtió en su vocación y delirio luego de que siendo un niño atento e impaciente asistió por primera vez a una proyección de cine en una sala improvisada. Para él esto fue un detonador.
Su inquietud por los secretos de la belleza, de las formas y los claroscuros lo llevaron a la Academia de San Carlos, donde trató, también en vano, de estudiar dibujo y pintura. Le parecía demasiado lento el proceso de captar la realidad con el carboncillo y los óleos.
''La lentitud de la copia de una naturaleza muerta me hizo sentir la urgencia de encontrar algo que fuera más rápido, pero pasó tiempo antes de que intentara yo la fotografía'', recordaba el artista.
En su infancia ya había presenciado cómo se efectuaban los revelados de placas fotográficas en casa de un aficionado que vivía en la vecindad, aunque su primera influencia importante en el universo de las imágenes la tuvo en 1923 cuando conoció al fotógrafo alemán Hugo Brehme, quien lo motivó para comprar su primera cámara.
En 1925 obtuvo su primer premio en un concurso local en Oaxaca. Se iniciaba así la historia de uno de los grandes fotógrafos de México y del mundo. En el mismo año, contrajo matrimonio con Lola Martínez de Anda, quien años más tarde asumió la misma profesión.
En 1927 Manuel conoció a Tina Modotti, quien entusiasmada con su trabajo de él envió las imágenes a Edward Weston para una exposición que preparaba. Las fotos llegaron tarde, pero Weston respondió felicitando al autor por el trabajo.
Al irse de México la célebre artista, el todavía joven Alvarez Bravo tomó su puesto como fotógrafo de murales. Por entonces, su trabajo empezó a difundirse en la revista Mexican Folkways, dedicada justamente a mover la propuesta del muralismo.
En el silencio que, como dice Sabines, se hace la luz dentro del ojo, Alvarez Bravo realizó su cometido visual: plasmar la cultura e identidad mexicanas, con una visión que va más allá de una simple documentación, adentrándose con gran imaginación en la vida urbana y la de los pueblos, los campos, la religión, el paisaje y las tradiciones.
Lo mismo dio cuenta del trabajo de Diego Rivera y José Clemente Orozco, que fue el fotógrafo de la cinta Que viva México, de Sergei Eisenstein.
Sobre el periodo escribe John Mraz en su artículo titulado ''Ironizar a México'', difundido por el magazine de zonezero.com: "Cuando Álvarez Bravo empezó a fotografiar la efervescencia cultural de la pos Revolución había desencadenado una búsqueda de identidad nacional, y la ardiente cuestión para los fotógrafos fue qué hacer con el exotismo intrínseco del país.
Influido quizá por su relación con Weston y Modotti, Álvarez Bravo fue el primer fotógrafo mexicano en adoptar una postura militante de antipintoresquismo.
Recibió reconocimiento internacional por su obra que llegó a la cumbre de su creatividad entre los años veinte y cincuenta, periodo en el cual desarrolló una compleja manera de representar a su país".
Fue en los cuarenta cuando según los críticos se consolida la madurez artística de Alvarez Bravo, mediante recursos tales como la yuxtaposición, el aislamiento de detalles y el ordenamiento con rigor geométrico. Ello dio como resultado el manejo simultáneo de lo familiar y lo inesperado, generando una ambigüedad que invita al espectador a ver con nuevos ojos las cosas cotidianas y a construir su propio significado.
Sin buscarlo, Alvarez Bravo se vió recompensado cuando en 1971 el Museo de Arte Moderno de Nueva York lo lanzó definitivamente al reconocimiento mundial, del cual se harían eco recintos como el George Eastman House o el Pasadena Art Museum. Para 1975, México le concedió el Premio Nacional de Arte, apenas un año después de que el fotógrafo obtuviera el Sourasky Art Price.
También recibiría después la condecoración oficial de la Ordre des Arts et Lettres (Francia, 1981), el Premio Víctor Hasselblad (Suecia, 1984) y el Master of Photography del ICP (Nueva York, 1987). .
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